
Lo reconocí por las manos, eran las mismas que me acunaron tantas veces, pero yo las recordaba distintas; a mi mente viajaban como las alas de una paloma emprendiendo el vuelo; blancas, puras, inmaculadas, deseosas de acoger a esa niña inquieta e incansable de cuatro años.
Lo dejé de ver hace tantos años. Aún me parece sentir el olor a leña quemándose en la chimenea, y divisarlo a él al otro lado de la puerta de su dormitorio sosteniendo la maleta que lo alejaría para siempre de mí. Llegan a mi mente las imágenes como fotos ajadas por el tiempo; mi madre con mi hermana recién nacida entre sus brazos llorando descontrolada, yo también lloraba, pero no recuerdo por qué. Sólo sé que me dolía el corazón y hasta pensé que con su partida, ya no podría volver a respirar.
Los años pasaron inevitables; en casa nunca más se pronunció su nombre, como si entre todos hubiésemos hecho un pacto secreto de silencio, tan secreto que nunca se acordó que fuera tal. A menudo, cuando me preguntaban por mi padre, yo prefería decir que había muerto hacía mucho tiempo, en mi niñez, a los cuatro años, cuando salió de mi vida cargando una maleta para nunca más volver. Y me sentía cómoda diciendo eso, después de todo, la muerte es más digna que el abandono.
Sólo recordé que existía cuando recibí esa llamada del Instituto Médico Legal, pidiéndome que reconociera el cuerpo de un individuo muerto de frío en las calles - ¿Yo, reconociendo a un muerto? – respondí desconcertada. Luego me explicaron que por las huellas dactilares el cuerpo correspondía a un tal “Oscar Wiltherlisgen”, por lo extraño del apellido y siendo yo la única persona que figuraba en el directorio telefónico con uno igual, podríamos ser parientes.
Nunca imaginé que volvería a verle, menos así, ya que por mis cuentas aún no debía tener más de sesenta años y parecía que un siglo arrastraba sus rasgos carcomidos por las calles. Yo, que me definía como una mujer dura, inclemente, caminé altiva por los fríos pasillos de la morgue hasta esa bandeja metálica que sostenía un cuerpo desconocido. Lo único que identifique fueron sus manos, porque pese a todo, no perdieron su pureza de alas blancas.
-¿Lo reconoce, señora? – No supe qué contestar, sabia que era mi padre, pero sentía miedo. Volvieron a mí todos esos recuerdos, la angustia, el abandono que sentí a los cuatro años; quise escapar del lugar.
-¿Señora, sabe quién es?
-No – respondí.
Anjélica Dossetti C.

1 comentario:
A veces pasa........ Lylian
Publicar un comentario