9/15/2005

DE MOTE A CIENTO OCHENTA


Desde niño supe que mi destino sería el vestir el uniforme de la Armada de Chile: es que a un abuelo que fue almirante no se le puede negar un designio.

Lo cierto es que nunca me gustaron los uniformados, y me hubiese hecho mucho más feliz quedarme en el barrio jugando con mis amigos en lugar de embarcarme a los catorce años en una carrera que me arrancaba de los brazos cálidos de mi madre.

Recuerdo esa mañana húmeda a principios de marzo, cuando llegué al cerro Artillería en Valparaíso, yo era un niño aún, pero iba disfrazado de adulto con aquel traje gris que mi madre mando hacer a la medida, porque – “El nieto de un almirante en retiro siempre estará a la vista de todos” – como me dijo ella ceremoniosamente mientras engominaba mi pelo, esa mañana antes de partir a la Escuela.

Al llegar, vi a mis futuros compañeros ansiosos, esbozando unas sonrisas forzadas que más bien parecían un tics nervioso. Todos ellos, al igual que yo, se veían como niños camino a un matrimonio, dentro de sus atuendos formales y oscuros. Sus padres los miraban desde lejos, orgullosos, felices.

Al sonar de una corneta, todos corrimos y nos formamos en el centro del patio principal, desde allí, en medio del grupo de compañeros, quedé observando lo que sería mi casa los próximos seis días a la semana por once meses seguidos en los cinco años que me quedaban por delante, lo cual me pareció una eternidad. Miré con detención todo lo que mis ojos tenían a su alcance: los salones gigantescos, los pasillos interminables, las baldosas relucientes, la pintura blanca inmaculada que cubría todas las murallas y los cadetes que pasaban formados, todos iguales, haciendo imposible poder distinguir uno de otro. El sol despuntaba entre los cerros del puerto, pero sus rayos eran incapaces de aplacar el frío que sentía penetrar en mi cuerpo, como un sable despiadado hurgando en mis entrañas.

Se fueron nuestros padres y nos quedamos solos, sin saber que hacer; estábamos ahí, formados a la espera de órdenes que, con el tiempo, se transformarían en nuestras conciencias a la que yo me resistiría escuchar.

La primera semana en la Escuela fue dura, me costaba mucho acostumbrarme a compartir mis sueños con cientos de compañeros más que ocupaban el mismo dormitorio de camarotes estrechos y duros, todos ellos cubiertos por una impecable colcha blanca, prolijamente estirada al punto que en ella pudiese rebotar una moneda que lanzaba el brigadier cada mañana al inspeccionar al grupo. Los quince minutos que duraba la revisión eran los peores del día, los zapatos brillantes, las uñas cortas y limpias, el uniforme estirado, sin una mancha que pudiese opacar su solemnidad y esa postura firme, rígida que me destrozaba la espalda y los pies; una falla en la revista y el desafortunado pagaba su descuido con flexiones interminables y trotes alrededor de la cancha que dejaban las piernas débiles por días y, si la falta era muy grave, el cadete debería quedarse el fin de semana sin salir de la Escuela. El desayuno lo esperaba con ansias y lo devoraba con premura para después ir a la sala de clases en donde nos esperaban los rostros severos y quemados por el sol costeño, de los profesores que se empeñaban en quitarnos la niñez y transformarnos en adultos.

Los mayores tormentos provenían de los cadetes de segundo año que desataban en contra nuestra toda la furia que acumularon cuando fueron novatos; a menudo nos hacían quedar en ridículo frente a nuestros compañeros y superiores con bromas que nosotros sentíamos como castigos, parecía divertirles tanto llamarnos “mote”, en alusión a los minúsculos cardúmenes de pececillos insignificantes que plagaban el mar, y humillarnos haciéndonos cantar con nuestras voces desafinadas de adolescentes asustadizos, que era preferible permanecer lo más lejos posible de ellos.

Recuerdo que muchas veces me sentí solo y estuve a punto de escapar de la escuela; imaginaba que podía burlar la guardia y bajar corriendo las escaleras del cerro hasta llegar a la estación ferroviaria, para subirme al primer tren que partiera rumbo a Santiago. Nunca lo hice, ni siquiera lo intenté, es que cuando estaba casi decidido, se me aparecía el rostro de mi abuelo furibundo, inquisidor y ya no podía siquiera pensar en desertar.

Al mes descubrí que hasta la Escuela Naval, tan estricta en sus modales y principios, también podía tener su encanto, y yo lo encontré en la biblioteca, vestida de mujer madura que se paseaba entre los libreros como una musa de ondulado pelo rojo, de caderas contorneadas y cintura minúscula. Como siempre he sido buen lector, mis horas en la biblioteca se amenizaban mucho más cuando sentía que su mirada verde oliva se posaba sobre mí.

Clara nunca me habló más de lo preciso, pero un día, al pedir un libro de cálculo, encontré un diminuto papel que decía: “este fin de semana te invito a tomar onces a mi casa, si no estás castigado” – Yo me puse rojo de solo leerlo y, después de pensarlo medio segundo, contesté en el mismo papel “no estoy castigado, ¿dónde y a qué hora?” – Al entregar el libro, ella vio la nota, sonrió y discretamente me entrego la dirección.

Como buen marino, toqué puntualmente el timbre del departamento en una céntrica calle de Viña del Mar; ni un minuto más, ni un minuto menos. Clara me abrió la puerta y su figura a contraluz me pareció aún más celestial de lo que parecía en la biblioteca – “Pasa” – me dijo, yo entré titubeante y me quedé parado junto al sofá de la sala – “Pero no seas tímido, siéntate” – su voz dulce tintinó en mis oídos y, como yo era un muchacho que se había habituado a recibir órdenes, me senté; ella se acomodó junto a mí, cruzó las piernas y se recogió el pelo en un moño que aseguró con una horquilla. Me miró sonriente por unos instantes y luego se levantó para servir las onces.

Esa noche de domingo llegué perturbado a la Escuela, no podía quitar de mi cabeza la imagen de Clara preparando café, el modo en que se inclinó para ofrecerme galletas, dejando a la vista el surco pronunciado de la unión de sus pechos que parecían a punto de abrirse camino fuera del escote amplio de su vestido negro. Tampoco podía olvidar la proximidad de su cuerpo al despedirnos, el calor que irradiaba, ni el roce casual de sus labios finos cuando me besó la mejilla antes de cerrar la puerta tras de mí. Sólo me pude dormir al recordar que, mientras más corta se me hiciera la noche, más rápido podría ir a encerrarme entre las estanterías de la biblioteca y la mirada cómplice de Clara.

Eran las seis y media de la mañana cuando me despertó el incesante resonar de la diana; sin chistar me bajé de la cama, tomé la toalla que ordenadamente colgaba del barrote a los pies de mi cama; quinientas camas, quinientas toallas, quinientos cadetes, todos durmiendo en el mismo dormitorio, respirando el mismo aire vistiendo la misma tenida que solo se podía distinguir una de otra por el número que llevaban estampado; ciento ochenta, decían mis calzoncillos, mis camisas, mis calcetines y todo lo que pudiera poseer; me había transformado en un número –“ciento ochenta” – susurré mientras corría apresurado a la ducha que debía espantar la modorra y el sueño, en sólo dos minutos que demoraba en recorrer completo el gélido pasillo de regaderas. Todos los días lo mismo, la diana, la ducha, el desayuno, las clases, el almuerzo, más clases, la instrucción militar, los castigos por llegar tarde a la formación, por estar despeinados, por el polvo en lo zapatos, por la mugre en las uñas, por hablar, por mirar, por no mirar, por reír, por callar, cien flexiones a los pies del brigadier, treinta vueltas trotando a la cancha, sesenta minutos en posición firme en medio del patio. Finalmente, una hora libre que ocupé desde el primer instante en ir a la biblioteca, pedirle un libro cualquiera a Clara y espiar sus movimientos delicados por sobre el borde de la tapa del texto que mantenía levantado.

Al cuarto día de espiar a Clara, sin más ambición que poder sentir su presencia, encontré otro papelito en el libro: “el domingo a las dos en mi casa” decían las letras hermosamente dibujadas, tanto como ella, quien me miró seria desde su escritorio. Sentí rabia, ¿como podía ser tan estúpido para dejarme sorprender por un brigadier, cuando fumaba escondido en el baño?; estaba castigado, me tendría que quedar ese fin de semana en la Escuela, no podría sentir la cercanía de Clara en el sofá de su sala, ni ver como se asomaban sus pechos redondos por el escote de su vestido; intenté imaginar una solución, una escapada a mi destino desafortunado, pero no existía forma de levantar el castigo y, muy a mi pesar, escribí en el mismo papel: “estoy castigado”.

La semana siguiente fui más puntual que nunca, hice la cama con tal prolijidad que hasta una pluma pudiera rebotar en ella, pulí mis zapatos y fumé escondido en el baño, con la vista alerta para no ser sorprendido. Continué ocupando mi hora libre diaria en la biblioteca, entre los libros y Clara, que se había convertido en una obsesión en mis pensamientos. El día miércoles de esa semana, de comportamiento ejemplar y extraño en mí, al terminar la hora libre devolví a Clara el libro de álgebra que había pedido y, junto con él, le entregué una nota: “hoy estoy de cumpleaños”; ella tomó el libro, lo puso sobre el mesón y guardó sin mirar el papel en su cartera. Al día siguiente, apenas puse un pie en la biblioteca, me llamó con una seña, me pasó unas revistas y me susurró al oído: – “el domingo a las tres” – Fue tan leve el sonido que brotó de sus labios que apenas lo escuché, pero el soplo de su aliento al chocar en mi cuello me dejó extasiado.

Al entrar en el departamento, Clara me esperaba con una copa de vino blanco en su delicada mano de uñas púrpuras. Se veía cristalina, brillante, destellando luminosa, se acercó a mí, me besó en la mejilla y me entregó la copa mientras, entre sonrisas, me decía coqueta – “feliz cumpleaños” – Quedé mudo, pero en ese momento las palabras estaban de más, me tomé el vino de un trago y, sin pensarlo dos veces, rodeé su cintura con mis brazos, Clara no pareció sorprendida y con desesperación buscó mis labios para besarlos, morderlos, chuparlos a la vez que metía sus manos por entre mi camisa para acariciar mi espalda. Ella me condujo lentamente hasta su dormitorio y nos tumbamos en su cama, yo no quería despegar mis labios de los suyos, pero fue necesario hacerlo para poder ver como se quitaba la ropa; primero la blusa, desabrochó calmadamente cada uno de sus botones mientras yo podía ver como se develaba el brassier de encaje blanco, el que luego se quitó en un movimiento. Nunca antes había visto a una mujer de verdad y esos pechos redondos y pecosos se me ofrecían cual manjar al que no me podía negar, primero los toqué con temor, después, la excitación que hacía presión contra el cierre eclair de mi pantalón, hizo abalanzarme sobre ella quien, con dificultad, me dijo: – “con calma, no te desesperes” – Me sentí atolondrado y me incorporé, ella continuó su rito quitándose la falda, los calzones; cuando la vi desnuda, nuevamente me quise tirar sobre ella, pero nuevamente me lo impidió: – “sácate la ropa” – ordenó y yo obedecí; quedé desnudo parado frente a la cama, mientras ella me examinaba con la mirada: – “eres un chico muy guapo” – me dijo, y comenzó a acariciar mi cuerpo, a besar mi espalda, a tocar mi miembro rígido a punto de estallar. Esa tarde de domingo, Clara me regaló de cumpleaños una tarde agotadora plena de enseñanzas en el arte del buen amar y yo le regalé a ella cinco descargas de placer, que hubiesen sido algunas más si, cuando vi la hora, el reloj no hubiera señalado un cuarto para las diez.

Pese a lo mucho que me esforcé en correr por las calles de Valparaíso, no conseguí llegar a tiempo a la hora de recogida a la Escuela; los domingos, el brigadier de turno nos esperaba atento cerca de la entrada, consultando su reloj pulsera a cada momento, para asegurarse que cumpliéramos con el horario de entrada. Crucé la reja de grandes barrotes a las diez con ocho minutos, no vi a nadie cerca y respiré tranquilo, pero cuando me disponía a dirigirme al dormitorio me detuvo una voz ronca: – “¿A dónde va, cadete?” – Me quedé inmóvil al reconocer la voz del brigadier – “a dormir, mi brigadier” – le contesté, mientras él se ponía frente a mí: – “usted llegó ocho minutos tarde” – me reprochó con tal severidad, que me sentí casi un criminal: – “perdón, mi brigadier” – le contesté atemorizado; se quedó en silencio un momento, mientras se paseaba a mi alrededor: – “en castigo a su falta quiero ahora cien flexiones de brazos, cincuenta vueltas a la cancha al trote, y dos horas en posición firmes con carabina en el patio. Estoy seguro que después de esta noche usted, cadete de la Armada de Chile, aprenderá a cumplir horarios” – la sentencia retumbó en mi cabeza.

Seis de la mañana, había dormido apenas un rato y la diana ya me indicaba que debía salir de la cama; esta vez con dificultad pasé por el pasillo de las regaderas, me vestí, hice mi cama a tropezones y me fui a la formación a esperar que pasaran revista. Apenas podía mantener los ojos abiertos y menos la posición firme, tenía que pensar en algo, me esperaba un día más duro que los anteriores; estaba tan cansado: la visita a Clara y el castigo por llegar tarde habían consumido todas mis fuerzas. Mientras el brigadier pasaba revista al cadete formado a mi derecha, como una iluminación divina, surgió la idea. Aunque el piso era de baldosas, en ese momento se transformó en mi salvación y, sin pensarlo dos veces, me lancé de frente a su encuentro.

En la enfermería me examinaron los médicos y me cuidaron los auxiliares mientras me reponía del revolcón con Clara del día anterior, la tortuosa noche y los cinco puntos que me tuvieron que poner en la frente para cerrar el tajo que me provocó la caída. Ahí, en la cama, lo único que lamentaba era no poder ir esa tarde a leer a la biblioteca.

9/11/2005

ADÚLTEROS


Siempre he sabido que esto de andar metida entre las patas de los caballos no es nada saludable, pero el gustito que tiene la doble vida me emboba, y termino metida en uno que otro lío, que claramente se pudo haber evitado.

Digamos que mi inexperiencia me llevó a pisar el altar cuando apenas tenía veinte años; que por querer jugar a ser grande, le insistí tanto al pololo de turno, que terminé vestida de blanco. Por supuesto, cuando desperté al día siguiente en una habitación del Sheraton, me di cuenta en parte de lo que había hecho. Ahora era señora, con casa, con marido y todo lo que implica ese cambio de vida, pero por fortuna, también tenia muchos compañeros en la universidad dispuestos a tener una aventura con una mujer casada; es que lo prohibido tiene su encanto, las relaciones se tornan intensas dentro de lo volátil que puedan ser.

Me pasé siete años de cama en cama, de motel en motel, con todo tipo de amantes. Si lo pienso, no creo que mi marido hiciera algo distinto, después de todo “ojos que no ven, corazón que no siente” dice un muy sabio refrán.

Mis amantes clandestinos nunca tuvieron importancia, de los que ni siquiera recuerdo los nombres. En ocasiones hago esfuerzos por traer a mi memoria desgastada por tantos besos fugaces y caricias mezquinas, las cualidades amatorias de esos amantes pasajeros, pero éstas se han diluido con el paso de otras manos expertas.

Fue en las instalaciones de una empresa familiar donde lo conocí; yo, jefa de personal; él, director. Nuestras miradas se cruzaban esquivas en los pasillos, en el ascensor, en el casino, hasta que la calentura fue mayor que la prudencia y nos batimos en una lucha pasional en el espacio que quedaba entre la impresora y el fax de su oficina.

Esta aventura siempre fue muy clara: yo necesitaba la seguridad de mi familia y aquel sabor a engaño en mi piel. Él, un señor irresistible, gustaba de jugar al conquistador cuando los ojos de su mujer, gerente general de la empresa, no lo vigilaban.

Todo hubiera salido bien, si es que los enredos de cama se pudieran mantener al margen de los sentimientos, pero después de cuatro años de encuentros furtivos en cualquier lugar de la empresa, que bien podía ser un baño, una bodega o simplemente la oficina de mi amante, avivó cualquier incipiente y confuso sentimiento.

A nosotros nos gustaba sentir el peligro, revolcándonos en la oficina contigua a la de la mujer de mi amante; los besos, las caricias, el sexo, adquirían un sabor distinto cuando por, entre los gemidos, escuchábamos sus pasos y nos teníamos que vestir raudos.

Nosotros, amantes desesperados, vivíamos al borde de ser sorprendidos, ya no nos importaban los empleados, ni mi marido, ni su mujer y seguíamos arriesgando nuestro pellejo a cada momento: nunca antes me había gustado tanto ir a trabajar. Para poder desatar por completo las calenturas reprimidas, arrendamos un departamento en el centro de la ciudad, bulín le llamamos, el cual se convirtió en un antro donde pudimos liberar todas las fantasías sexuales reprimidas durante todo ese tiempo.

La mujer de mi amante, que yo la conocía bien por ser mi jefa directa, en varias ocasiones se sentó frente a mí con la cara angustiada para contarme –“sé que anda con otra”- Siempre traté de aplacar sus dudas o, por lo menos, cambiar el tema para sentirme menos incomoda. Ella dudaba de su marido y, a menudo, yo la sorprendía hurgando sigilosa entre los papeles y correos electrónicos de mi amante, pero él no era un infiel novato o descuidado y nunca pudo encontrar siquiera una boleta que lo delatara.

Está claro que la suerte no siempre puede estar a favor de los desesperados; yo, mujer moderna y despreocupada, acababa de despedir a mi amante, y aún descansaba desnuda entre las sábanas de la cama asentada en el bulín del centro cuando, de pronto, escuché el timbre: fui apurada al encuentro de mi amor, que seguramente había olvidado algo y, sin mirar por el ojo mágico de la puerta, la abrí sin pensar.

Ante mí, la mujer del desdichado quien, de un empujón, me sacó de su camino.
- ¡Así que tu eres la puta barata que se está acostando con este huevón! – me gritó con la cara roja de ira – ¡Di algo, puta de mierda! – insistió la mujer, mientras me daba de manotazos - ¡Pensaste que era tan tonta que no me daba cuenta, puta! – continuó su eterno rosario de insultos a la vez que escarbaba entre nuestras fotos esparcidas por todo el departamento. Permanecí inmóvil, congelada por la sorpresa y el miedo, las piernas me tiritaban y, a pesar de ser una tarde calurosa, sentía frío; era incapaz de articular alguna palabra, sólo aferraba con fuerza la sábana que cubría mi cuerpo desnudo, mientras veía con terror como ella botaba sillas, arrancaba de cuajo el teléfono y rompía todo lo que pudiera tener al alcance de la mano – ¡Puta de mierda ¿dónde se escondió ese maricón poco hombre que no da la cara?! – Los gritos, como voceo en una feria libre hacían eco en las murallas que, poco a poco, iban quedando descubiertas víctimas de la furia de la mujer, empeñada en encontrar a su marido incluso detrás de los cuadros – ¡De ésto se va a enterar tu marido, puta mal nacida! – amenazó, y fue en ese momento en que reparé en el bolso que llevaba colgado del hombro: imaginé una pistola en su interior y, sin pensarlo dos veces, me acerqué cuidadosamente a la puerta de salida, la abrí nerviosa y salí corriendo lastimera, con la sábana a la rastra por los pasillos hasta llegar al ascensor. Apreté varias veces con fuerza el botón, pero éste no llegaba y yo tampoco tenía tiempo para esperarlo, la mujer ya se había percatado de mi escape y salió tras de mí corriendo, mientras gritaba a todo pulmón – “¡No he terminado contigo, puta, no te arranques, cobarde de mierda!” – Lo único que me quedaba eran las escaleras, y bajé por ella tan rápido como mis piernas lo pudieron soportar.

Ya refugiada en la administración del edificio, con la sábana todavía enrollada en mi cuerpo, llamé desesperada a la policía para que sacaran a la loca del departamento.

- ¿Me dice usted que hay una mujer en su casa? – me costó hacer entender al funcionario la situación por la que estaba pasando.
- Es que es una loca, señor, está gritando y rompiendo todo – le lancé de sopetón un rosario de palabras mal articuladas.
- Entonces, es una invasión de morada – ¿Por qué será que los policías todo lo dicen en un lenguaje mas difícil de entender?
- Que no es mi morada, señor, pero que sí la invadió.
- ¿Y de quién es el departamento? – me preguntó sarcástico.
- Qué importa de quién es el departamento, ¿no me escuchó que hay una mujer rompiéndolo todo y que entró a empujones? – le dije enojada.
- Ah, entiendo,… uno de esos casos. Espere tranquila, señora, que inmediatamente mandamos a una unidad.

Y me quedé esperando nerviosa y pacientemente, envuelta en la sábana, sentada en la escalinata a la entrada de la administración, hasta que vi salir a la mujer, acompañada de cuatro policías que la asían fuertemente mientras ella continuaba gritando y pataleando - “¡Suéltenme, desclasados de mierda, que no soy una delincuente, es a la puta de la amante de mi marido a la que se tienen que llevar!” – Me miró y sentí su mirada quemándome, mientras los gritos ahora los dirigía a mi: - “¡A tí te tienen que llevar los pacos, delincuente de mierda, roba maridos!” - Yo la miré fijamente mientras la subían a la patrulla, me afirmé la sábana, caminé hasta el ascensor y subí. Me duché calmada, me maquillé y vestí con dedicación; después tome mi teléfono móvil y llamé a mi amante – “Amor, creo que es mejor que no vuelvas a tu casa” – y colgué sin esperar respuesta.

Mi teléfono siguió sonando toda la tarde, cada vez en el visor parpadeaba el nombre del marido de la mujer engañada. No contesté, sólo le hice llegar al día siguiente dos sobres: uno contenía mi carta de renuncia, el otro una hoja que simplemente escribí: “Adiós, y gracias por los servicios prestados”


Anjélica Dossetti C.

9/02/2005

MANOS


Lo reconocí por las manos, eran las mismas que me acunaron tantas veces, pero yo las recordaba distintas; a mi mente viajaban como las alas de una paloma emprendiendo el vuelo; blancas, puras, inmaculadas, deseosas de acoger a esa niña inquieta e incansable de cuatro años.

Lo dejé de ver hace tantos años. Aún me parece sentir el olor a leña quemándose en la chimenea, y divisarlo a él al otro lado de la puerta de su dormitorio sosteniendo la maleta que lo alejaría para siempre de mí. Llegan a mi mente las imágenes como fotos ajadas por el tiempo; mi madre con mi hermana recién nacida entre sus brazos llorando descontrolada, yo también lloraba, pero no recuerdo por qué. Sólo sé que me dolía el corazón y hasta pensé que con su partida, ya no podría volver a respirar.

Los años pasaron inevitables; en casa nunca más se pronunció su nombre, como si entre todos hubiésemos hecho un pacto secreto de silencio, tan secreto que nunca se acordó que fuera tal. A menudo, cuando me preguntaban por mi padre, yo prefería decir que había muerto hacía mucho tiempo, en mi niñez, a los cuatro años, cuando salió de mi vida cargando una maleta para nunca más volver. Y me sentía cómoda diciendo eso, después de todo, la muerte es más digna que el abandono.

Sólo recordé que existía cuando recibí esa llamada del Instituto Médico Legal, pidiéndome que reconociera el cuerpo de un individuo muerto de frío en las calles - ¿Yo, reconociendo a un muerto? – respondí desconcertada. Luego me explicaron que por las huellas dactilares el cuerpo correspondía a un tal “Oscar Wiltherlisgen”, por lo extraño del apellido y siendo yo la única persona que figuraba en el directorio telefónico con uno igual, podríamos ser parientes.

Nunca imaginé que volvería a verle, menos así, ya que por mis cuentas aún no debía tener más de sesenta años y parecía que un siglo arrastraba sus rasgos carcomidos por las calles. Yo, que me definía como una mujer dura, inclemente, caminé altiva por los fríos pasillos de la morgue hasta esa bandeja metálica que sostenía un cuerpo desconocido. Lo único que identifique fueron sus manos, porque pese a todo, no perdieron su pureza de alas blancas.

-¿Lo reconoce, señora? – No supe qué contestar, sabia que era mi padre, pero sentía miedo. Volvieron a mí todos esos recuerdos, la angustia, el abandono que sentí a los cuatro años; quise escapar del lugar.
-¿Señora, sabe quién es?
-No – respondí.


Anjélica Dossetti C.

9/01/2005

DÉSPUES DE LA FUNCIÓN


Me acordé de ti hoy, en medio de una de esas entrevistas a las que no te puedes negar. Hacía apenas unos minutos que el telón se había cerrado en medio de aplausos y zapateos que semejaban truenos en una noche de tormenta, como esos que pasamos en la cabaña de Isla Negra, ¿Te acuerdas? Tú y yo alumbrados por las velas y la llama tímida de la estufa a parafina de otros tiempos, conversando, riendo y jugando.

Después de la función me sentí agotada, pero a un compatriota no te puedes negar, especialmente cuando en Nueva York todo es tan frío, algo así como no existir en tu esencia, no ser quien realmente eres.

Cuando me golpearon la puerta, aún tenía el maquillaje y el atuendo de japonesa de la obra, la cabeza la sentía tirante, no sabía si por el cansancio o los palillos del moño, que más que atravesar mí pelo parecían forjarse camino dentro de mi cerebro.

“Permítame felicitarla por su gran actuación” – me dijo el hombrecillo regordete y sudoroso al momento que me entregaba un ramo de rosas que dejé junto a los otros tantos que plagaban el camerino. ¿Y, sabes? Me pareció estar en ese teatro de Santiago, donde me contrataron para hacer el coro de una zarzuela, ¿Te acuerdas? Yo tenía tanto susto de cantar en público, que ni siquiera pude comer ese día y fue cuando llegaste tú, al término de la función, porque no tenías plata para la entrada, y me esperaste en la calle hasta que salí abriéndome paso entre mis compañeras que, como un rito, cargaban con ellas por lo menos una flor, mientras yo no llevaba nada. Cuando caminábamos hacia mí casa, cortaste un diente de león y me lo regalaste; yo me reí mucho y tú pensaste que me estaba burlando de tu regalo, pero lo cierto es que no daba más de nervios, y el diente de león, los aplausos, la zarzuela y tú me tenían emborrachada.

“Es usted una gran soprano y una mejor actriz” – seguía diciéndome el hombre entre halagos que yo sentía inventados. Me preguntó de todo y anotaba en su libreta cual niño aplicado en clases todas las palabras que salían de mi boca automáticas, es que ninguna entrevista dista mucho de otra. De pronto, preguntó algo típico, lo de siempre, pero para mí fue distinto “¿Dígame, cuál ha sido el papel más difícil que le ha tocado interpretar?” en un acto reflejo contesté “Carmen” y me quedé en silencio; fue en ese instante que llegó a mi mente la tarde de agosto en que subí por primera vez a un avión, para dejarte a ti y a mi familia a miles de kilómetros atrás.

El hombre seguía preguntando, yo ya no contesté, me había quedado perdida en el aeropuerto entre manos que se agitaban y ojos humedecidos; en un atisbo de lucidez me excusé con mi entrevistador y le pedí que me dejara sola.

Me miré en el espejo, aún maquillada, las lágrimas arrastraban el sedimento blanco de la mascarilla. Recordé mi departamento en el Central Park, donde la mitad de Chile querría poder vivir, y lo vi solo, aguardando que llegara de madrugada, sobrepasada en copas, abrumada por el estrés, sólo a dormir; recordé mi cama, visitada por tantos tenores ávidos de fama que no escatiman en artimañas para poder pasar una noche con una mujer que no tiene más belleza ni sensualidad que ser famosa, si eso les puede abrir alguna remota posibilidad de exhibición en una revista.

Me dio tanta pena verme ahí, sola entre las rosas, sin más compañía que mí propio reflejo en el espejo, y pensé lo que tantas veces he pensado, y me pregunté lo que tantas veces me he preguntado: ¿Y si me hubiese quedado en Chile? Estaría casada, quizás contigo, quizás con otro, tendría hijos, iría de compras, a las reuniones del colegio, al supermercado y todo eso que hace la gente común. Pero me fui, tomé el avión esa tarde de agosto, y cuando por fin volví a Chile sólo de visita, ya no era la misma; los años en la Juilliard School, las presentaciones en el Metropolitan Opera House, los conciertos con Plácido Domingo en Europa, hicieron de mí una mujer tan distinta, aunque yo me sentía igual al resto de las personas, ellas no me miraban así, y ya no podía pasar desapercibida en las calles, o andar desordenada y distraída.

En una oportunidad, le pregunté a mí hermana menor por tí, si te había visto, hablado o algo que me diera luces de que no fuiste un sueño en mí vida; ella no sabía mucho, creo que un par de veces le ofreciste cambiarse de isapre o algo por el estilo, me dijo que hablaron un poco, pero que nunca preguntaste por mí, lo que sí hiciste fue enseñarle unas fotos de no sé cuantos niños, todos tus hijos con una señora que no sé de donde salió, ¿Sabes? Me sentí engañada, ¿Qué hacías tú teniendo hijos con otra mujer, si hacía años habíamos decidido tenerlos juntos?, me acuerdo que traté de disimular mi molestia ante los ojos de mi hermana. Después, cuando me quedé sola, tomé la guía telefónica y llamé a todos los que encontré con tu nombre e intenté reconocer tu voz, pero ésta nunca llegó, o quizás sí, ya no la recordaba; te habías convertido en una imagen diáfana que se mostraba sólo en la cara sudorosa y agitada de alguno de esos tenores amantes mientras se mecían sobre mí.

Esa tarde de agosto el avión emprendió el vuelo conmigo en sus entrañas, tú te quedaste agitando la mano y yo no podía sacar de mi mente ni de mi cuerpo las caricias melancólicas de la despedida en la plaza del barrio la noche anterior; no me quería despegar de tí, y tú me abrazabas muy fuerte mientras me animabas a tomar esa gran oportunidad que tan pocos tienen en la vida.

Yo estaba decidida a estudiar canto y cuando me fui deseaba volver, incluso en momentos de tristeza estuve a punto de tomar el primer avión a Chile y correr a tu encuentro, pero no lo hice; es que siempre la sed de éxito fue más fuerte y cada halago de mis profesores alimentaba aún más esa necesidad descontrolada de triunfar. Ahora, después de tantos años, sigo sintiendo la conquista en cada aplauso, en cada flor, en cada poema que me dedican y es así como todos estos regalos han formado un muro a mi alrededor que inevitablemente me está dejando sola en mi mundo de hoteles y teatros, mientras imagino cómo mimas a los que debieron ser mis hijos, pero que tuviste con otra.


Anjélica Dossetti C.