
No tengo estas ojeras porque me gusten; tú bien sabes que las manchas bajo mis ojos me deprimen, y el tono pálido de mujer descompuesta me resulta patético. Pero no puedo hacer nada; hace dos semanas que, apenas cierro los ojos, mi mente comienza a pasarme malas jugadas. Así, noche tras noche; primero los parpados pesados nublan mi visión y luego la imagen de Alberto, mi Alberto, ese hombre soñador que amo por sobre todas las cosas, se me presenta sigiloso abandonando la cama. A continuación, lo sigo cuidadosa, sin hacer ningún ruido.
Alberto baja las escaleras, con sus pies descalzos y sus vellos que se levantan por el frío que se cuela entre las ventanas semiabiertas de la sala. Yo sigo a mi hombre con la mirada, quien a momentos detiene su andar y mira hacia atrás con suma precaución. El viejo librero del pasillo me salva de ser sorprendida, Alberto sigue caminando, ahora sus pasos más bien son trotes, se escurre por la puerta de la cocina y yo respiro aliviada pensando que irá por algo de comer. Pero mi curiosidad crece al tiempo que pasan los minutos y la razón de mi existencia no regresa junto a mí a la cama. Me armo de valor y camino hasta la cocina, no veo a Alberto en ningún lugar, pero reparo en algo nuevo: una puerta extraña, blanca, con un vidrio sucio que nunca antes había visto y de la que estoy segura no existe.
Con pánico abro la puerta y sorprendo a mi Alberto encaramado sobre una rubia hermosa, él la mira, la acaricia, la besa. Ella gime y se estremece a cada embestida del que era mi hombre.
En el desenfreno del encuentro caen cosas; almohadones, floreros, cuadros y un vaso que se quiebra al instante, cuando la frágil estructura choca con el frío piso de piedra; el mismo piso que mis pies descalzos tocan y que no estoy segura si es el causante de los tiritones, o si será la imagen de él cabalgando a su musa escuálida, de largo pelo ocre.
No puedo seguir mirando y cierro con sumo cuidado la puerta; sin querer me he puesto a llorar y mi camisón está empapado por las lágrimas que no consigo detener. Escucho un ruido, los vidrios en el piso de piedra tras la puerta que acabo de cerrar se desintegran aun más y yo corro silenciosa hasta mi dormitorio y me acurruco en la cama.
Los tenues rayos de sol del amanecer me despiertan y veo con felicidad que Alberto duerme a mi lado y me siento la mujer más dichosa del mundo; entonces decido sorprender a mi hombre para sacar de mi mente ese mal sueño, lo acaricio, su espalda, su cara, su vientre. Me quito el camisón, que hasta me parece estuviera húmedo, y mi cuerpo desnudo busca los músculos dibujados de Alberto, y lo destapo para poder contemplar su hermosura, pero solo consigo ver sus pies sangrantes plagados de vidrios adúlteros.
Alberto baja las escaleras, con sus pies descalzos y sus vellos que se levantan por el frío que se cuela entre las ventanas semiabiertas de la sala. Yo sigo a mi hombre con la mirada, quien a momentos detiene su andar y mira hacia atrás con suma precaución. El viejo librero del pasillo me salva de ser sorprendida, Alberto sigue caminando, ahora sus pasos más bien son trotes, se escurre por la puerta de la cocina y yo respiro aliviada pensando que irá por algo de comer. Pero mi curiosidad crece al tiempo que pasan los minutos y la razón de mi existencia no regresa junto a mí a la cama. Me armo de valor y camino hasta la cocina, no veo a Alberto en ningún lugar, pero reparo en algo nuevo: una puerta extraña, blanca, con un vidrio sucio que nunca antes había visto y de la que estoy segura no existe.
Con pánico abro la puerta y sorprendo a mi Alberto encaramado sobre una rubia hermosa, él la mira, la acaricia, la besa. Ella gime y se estremece a cada embestida del que era mi hombre.
En el desenfreno del encuentro caen cosas; almohadones, floreros, cuadros y un vaso que se quiebra al instante, cuando la frágil estructura choca con el frío piso de piedra; el mismo piso que mis pies descalzos tocan y que no estoy segura si es el causante de los tiritones, o si será la imagen de él cabalgando a su musa escuálida, de largo pelo ocre.
No puedo seguir mirando y cierro con sumo cuidado la puerta; sin querer me he puesto a llorar y mi camisón está empapado por las lágrimas que no consigo detener. Escucho un ruido, los vidrios en el piso de piedra tras la puerta que acabo de cerrar se desintegran aun más y yo corro silenciosa hasta mi dormitorio y me acurruco en la cama.
Los tenues rayos de sol del amanecer me despiertan y veo con felicidad que Alberto duerme a mi lado y me siento la mujer más dichosa del mundo; entonces decido sorprender a mi hombre para sacar de mi mente ese mal sueño, lo acaricio, su espalda, su cara, su vientre. Me quito el camisón, que hasta me parece estuviera húmedo, y mi cuerpo desnudo busca los músculos dibujados de Alberto, y lo destapo para poder contemplar su hermosura, pero solo consigo ver sus pies sangrantes plagados de vidrios adúlteros.
El acuerdo fue claro: “nos diremos siempre la verdad; si me preguntas algo, lo que sea, yo te contestaré con la verdad y tu harás lo mismo”. Con esa única condición partimos, nada más. Éramos libres de hacer lo que quisiéramos; yo a él no le pertenecía y él a mí, tampoco. – Lo pasamos bien, nos gusta estar juntos y disfrutamos en la cama, no quiero dramas, lloriqueos ni reproches porque salgo o me acuesto con alguien más – sonó su voz en mi mente y yo me repetía: no soy su dueña, no me pertenece, lo pasamos bien en la cama, nos gusta estar juntos, no puedo lloriquear si se acuesta con alguien más. – Si preguntas algo, tienes que estar dispuesta a escuchar la respuesta –. Si pregunto algo tengo que estar dispuesta a escuchar la respuesta, me repetía insistentemente para no olvidar la única condición y, después de dejar todo claro, cerramos el pacto en un cuartucho de hotel una calurosa tarde de enero en medio de caricias y besos lujuriosos.








