9/01/2005

DÉSPUES DE LA FUNCIÓN


Me acordé de ti hoy, en medio de una de esas entrevistas a las que no te puedes negar. Hacía apenas unos minutos que el telón se había cerrado en medio de aplausos y zapateos que semejaban truenos en una noche de tormenta, como esos que pasamos en la cabaña de Isla Negra, ¿Te acuerdas? Tú y yo alumbrados por las velas y la llama tímida de la estufa a parafina de otros tiempos, conversando, riendo y jugando.

Después de la función me sentí agotada, pero a un compatriota no te puedes negar, especialmente cuando en Nueva York todo es tan frío, algo así como no existir en tu esencia, no ser quien realmente eres.

Cuando me golpearon la puerta, aún tenía el maquillaje y el atuendo de japonesa de la obra, la cabeza la sentía tirante, no sabía si por el cansancio o los palillos del moño, que más que atravesar mí pelo parecían forjarse camino dentro de mi cerebro.

“Permítame felicitarla por su gran actuación” – me dijo el hombrecillo regordete y sudoroso al momento que me entregaba un ramo de rosas que dejé junto a los otros tantos que plagaban el camerino. ¿Y, sabes? Me pareció estar en ese teatro de Santiago, donde me contrataron para hacer el coro de una zarzuela, ¿Te acuerdas? Yo tenía tanto susto de cantar en público, que ni siquiera pude comer ese día y fue cuando llegaste tú, al término de la función, porque no tenías plata para la entrada, y me esperaste en la calle hasta que salí abriéndome paso entre mis compañeras que, como un rito, cargaban con ellas por lo menos una flor, mientras yo no llevaba nada. Cuando caminábamos hacia mí casa, cortaste un diente de león y me lo regalaste; yo me reí mucho y tú pensaste que me estaba burlando de tu regalo, pero lo cierto es que no daba más de nervios, y el diente de león, los aplausos, la zarzuela y tú me tenían emborrachada.

“Es usted una gran soprano y una mejor actriz” – seguía diciéndome el hombre entre halagos que yo sentía inventados. Me preguntó de todo y anotaba en su libreta cual niño aplicado en clases todas las palabras que salían de mi boca automáticas, es que ninguna entrevista dista mucho de otra. De pronto, preguntó algo típico, lo de siempre, pero para mí fue distinto “¿Dígame, cuál ha sido el papel más difícil que le ha tocado interpretar?” en un acto reflejo contesté “Carmen” y me quedé en silencio; fue en ese instante que llegó a mi mente la tarde de agosto en que subí por primera vez a un avión, para dejarte a ti y a mi familia a miles de kilómetros atrás.

El hombre seguía preguntando, yo ya no contesté, me había quedado perdida en el aeropuerto entre manos que se agitaban y ojos humedecidos; en un atisbo de lucidez me excusé con mi entrevistador y le pedí que me dejara sola.

Me miré en el espejo, aún maquillada, las lágrimas arrastraban el sedimento blanco de la mascarilla. Recordé mi departamento en el Central Park, donde la mitad de Chile querría poder vivir, y lo vi solo, aguardando que llegara de madrugada, sobrepasada en copas, abrumada por el estrés, sólo a dormir; recordé mi cama, visitada por tantos tenores ávidos de fama que no escatiman en artimañas para poder pasar una noche con una mujer que no tiene más belleza ni sensualidad que ser famosa, si eso les puede abrir alguna remota posibilidad de exhibición en una revista.

Me dio tanta pena verme ahí, sola entre las rosas, sin más compañía que mí propio reflejo en el espejo, y pensé lo que tantas veces he pensado, y me pregunté lo que tantas veces me he preguntado: ¿Y si me hubiese quedado en Chile? Estaría casada, quizás contigo, quizás con otro, tendría hijos, iría de compras, a las reuniones del colegio, al supermercado y todo eso que hace la gente común. Pero me fui, tomé el avión esa tarde de agosto, y cuando por fin volví a Chile sólo de visita, ya no era la misma; los años en la Juilliard School, las presentaciones en el Metropolitan Opera House, los conciertos con Plácido Domingo en Europa, hicieron de mí una mujer tan distinta, aunque yo me sentía igual al resto de las personas, ellas no me miraban así, y ya no podía pasar desapercibida en las calles, o andar desordenada y distraída.

En una oportunidad, le pregunté a mí hermana menor por tí, si te había visto, hablado o algo que me diera luces de que no fuiste un sueño en mí vida; ella no sabía mucho, creo que un par de veces le ofreciste cambiarse de isapre o algo por el estilo, me dijo que hablaron un poco, pero que nunca preguntaste por mí, lo que sí hiciste fue enseñarle unas fotos de no sé cuantos niños, todos tus hijos con una señora que no sé de donde salió, ¿Sabes? Me sentí engañada, ¿Qué hacías tú teniendo hijos con otra mujer, si hacía años habíamos decidido tenerlos juntos?, me acuerdo que traté de disimular mi molestia ante los ojos de mi hermana. Después, cuando me quedé sola, tomé la guía telefónica y llamé a todos los que encontré con tu nombre e intenté reconocer tu voz, pero ésta nunca llegó, o quizás sí, ya no la recordaba; te habías convertido en una imagen diáfana que se mostraba sólo en la cara sudorosa y agitada de alguno de esos tenores amantes mientras se mecían sobre mí.

Esa tarde de agosto el avión emprendió el vuelo conmigo en sus entrañas, tú te quedaste agitando la mano y yo no podía sacar de mi mente ni de mi cuerpo las caricias melancólicas de la despedida en la plaza del barrio la noche anterior; no me quería despegar de tí, y tú me abrazabas muy fuerte mientras me animabas a tomar esa gran oportunidad que tan pocos tienen en la vida.

Yo estaba decidida a estudiar canto y cuando me fui deseaba volver, incluso en momentos de tristeza estuve a punto de tomar el primer avión a Chile y correr a tu encuentro, pero no lo hice; es que siempre la sed de éxito fue más fuerte y cada halago de mis profesores alimentaba aún más esa necesidad descontrolada de triunfar. Ahora, después de tantos años, sigo sintiendo la conquista en cada aplauso, en cada flor, en cada poema que me dedican y es así como todos estos regalos han formado un muro a mi alrededor que inevitablemente me está dejando sola en mi mundo de hoteles y teatros, mientras imagino cómo mimas a los que debieron ser mis hijos, pero que tuviste con otra.


Anjélica Dossetti C.

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