
Desde niño supe que mi destino sería el vestir el uniforme de la Armada de Chile: es que a un abuelo que fue almirante no se le puede negar un designio.
Lo cierto es que nunca me gustaron los uniformados, y me hubiese hecho mucho más feliz quedarme en el barrio jugando con mis amigos en lugar de embarcarme a los catorce años en una carrera que me arrancaba de los brazos cálidos de mi madre.
Recuerdo esa mañana húmeda a principios de marzo, cuando llegué al cerro Artillería en Valparaíso, yo era un niño aún, pero iba disfrazado de adulto con aquel traje gris que mi madre mando hacer a la medida, porque – “El nieto de un almirante en retiro siempre estará a la vista de todos” – como me dijo ella ceremoniosamente mientras engominaba mi pelo, esa mañana antes de partir a la Escuela.
Al llegar, vi a mis futuros compañeros ansiosos, esbozando unas sonrisas forzadas que más bien parecían un tics nervioso. Todos ellos, al igual que yo, se veían como niños camino a un matrimonio, dentro de sus atuendos formales y oscuros. Sus padres los miraban desde lejos, orgullosos, felices.
Al sonar de una corneta, todos corrimos y nos formamos en el centro del patio principal, desde allí, en medio del grupo de compañeros, quedé observando lo que sería mi casa los próximos seis días a la semana por once meses seguidos en los cinco años que me quedaban por delante, lo cual me pareció una eternidad. Miré con detención todo lo que mis ojos tenían a su alcance: los salones gigantescos, los pasillos interminables, las baldosas relucientes, la pintura blanca inmaculada que cubría todas las murallas y los cadetes que pasaban formados, todos iguales, haciendo imposible poder distinguir uno de otro. El sol despuntaba entre los cerros del puerto, pero sus rayos eran incapaces de aplacar el frío que sentía penetrar en mi cuerpo, como un sable despiadado hurgando en mis entrañas.
Se fueron nuestros padres y nos quedamos solos, sin saber que hacer; estábamos ahí, formados a la espera de órdenes que, con el tiempo, se transformarían en nuestras conciencias a la que yo me resistiría escuchar.
La primera semana en la Escuela fue dura, me costaba mucho acostumbrarme a compartir mis sueños con cientos de compañeros más que ocupaban el mismo dormitorio de camarotes estrechos y duros, todos ellos cubiertos por una impecable colcha blanca, prolijamente estirada al punto que en ella pudiese rebotar una moneda que lanzaba el brigadier cada mañana al inspeccionar al grupo. Los quince minutos que duraba la revisión eran los peores del día, los zapatos brillantes, las uñas cortas y limpias, el uniforme estirado, sin una mancha que pudiese opacar su solemnidad y esa postura firme, rígida que me destrozaba la espalda y los pies; una falla en la revista y el desafortunado pagaba su descuido con flexiones interminables y trotes alrededor de la cancha que dejaban las piernas débiles por días y, si la falta era muy grave, el cadete debería quedarse el fin de semana sin salir de la Escuela. El desayuno lo esperaba con ansias y lo devoraba con premura para después ir a la sala de clases en donde nos esperaban los rostros severos y quemados por el sol costeño, de los profesores que se empeñaban en quitarnos la niñez y transformarnos en adultos.
Los mayores tormentos provenían de los cadetes de segundo año que desataban en contra nuestra toda la furia que acumularon cuando fueron novatos; a menudo nos hacían quedar en ridículo frente a nuestros compañeros y superiores con bromas que nosotros sentíamos como castigos, parecía divertirles tanto llamarnos “mote”, en alusión a los minúsculos cardúmenes de pececillos insignificantes que plagaban el mar, y humillarnos haciéndonos cantar con nuestras voces desafinadas de adolescentes asustadizos, que era preferible permanecer lo más lejos posible de ellos.
Recuerdo que muchas veces me sentí solo y estuve a punto de escapar de la escuela; imaginaba que podía burlar la guardia y bajar corriendo las escaleras del cerro hasta llegar a la estación ferroviaria, para subirme al primer tren que partiera rumbo a Santiago. Nunca lo hice, ni siquiera lo intenté, es que cuando estaba casi decidido, se me aparecía el rostro de mi abuelo furibundo, inquisidor y ya no podía siquiera pensar en desertar.
Al mes descubrí que hasta la Escuela Naval, tan estricta en sus modales y principios, también podía tener su encanto, y yo lo encontré en la biblioteca, vestida de mujer madura que se paseaba entre los libreros como una musa de ondulado pelo rojo, de caderas contorneadas y cintura minúscula. Como siempre he sido buen lector, mis horas en la biblioteca se amenizaban mucho más cuando sentía que su mirada verde oliva se posaba sobre mí.
Clara nunca me habló más de lo preciso, pero un día, al pedir un libro de cálculo, encontré un diminuto papel que decía: “este fin de semana te invito a tomar onces a mi casa, si no estás castigado” – Yo me puse rojo de solo leerlo y, después de pensarlo medio segundo, contesté en el mismo papel “no estoy castigado, ¿dónde y a qué hora?” – Al entregar el libro, ella vio la nota, sonrió y discretamente me entrego la dirección.
Como buen marino, toqué puntualmente el timbre del departamento en una céntrica calle de Viña del Mar; ni un minuto más, ni un minuto menos. Clara me abrió la puerta y su figura a contraluz me pareció aún más celestial de lo que parecía en la biblioteca – “Pasa” – me dijo, yo entré titubeante y me quedé parado junto al sofá de la sala – “Pero no seas tímido, siéntate” – su voz dulce tintinó en mis oídos y, como yo era un muchacho que se había habituado a recibir órdenes, me senté; ella se acomodó junto a mí, cruzó las piernas y se recogió el pelo en un moño que aseguró con una horquilla. Me miró sonriente por unos instantes y luego se levantó para servir las onces.
Esa noche de domingo llegué perturbado a la Escuela, no podía quitar de mi cabeza la imagen de Clara preparando café, el modo en que se inclinó para ofrecerme galletas, dejando a la vista el surco pronunciado de la unión de sus pechos que parecían a punto de abrirse camino fuera del escote amplio de su vestido negro. Tampoco podía olvidar la proximidad de su cuerpo al despedirnos, el calor que irradiaba, ni el roce casual de sus labios finos cuando me besó la mejilla antes de cerrar la puerta tras de mí. Sólo me pude dormir al recordar que, mientras más corta se me hiciera la noche, más rápido podría ir a encerrarme entre las estanterías de la biblioteca y la mirada cómplice de Clara.
Eran las seis y media de la mañana cuando me despertó el incesante resonar de la diana; sin chistar me bajé de la cama, tomé la toalla que ordenadamente colgaba del barrote a los pies de mi cama; quinientas camas, quinientas toallas, quinientos cadetes, todos durmiendo en el mismo dormitorio, respirando el mismo aire vistiendo la misma tenida que solo se podía distinguir una de otra por el número que llevaban estampado; ciento ochenta, decían mis calzoncillos, mis camisas, mis calcetines y todo lo que pudiera poseer; me había transformado en un número –“ciento ochenta” – susurré mientras corría apresurado a la ducha que debía espantar la modorra y el sueño, en sólo dos minutos que demoraba en recorrer completo el gélido pasillo de regaderas. Todos los días lo mismo, la diana, la ducha, el desayuno, las clases, el almuerzo, más clases, la instrucción militar, los castigos por llegar tarde a la formación, por estar despeinados, por el polvo en lo zapatos, por la mugre en las uñas, por hablar, por mirar, por no mirar, por reír, por callar, cien flexiones a los pies del brigadier, treinta vueltas trotando a la cancha, sesenta minutos en posición firme en medio del patio. Finalmente, una hora libre que ocupé desde el primer instante en ir a la biblioteca, pedirle un libro cualquiera a Clara y espiar sus movimientos delicados por sobre el borde de la tapa del texto que mantenía levantado.
Al cuarto día de espiar a Clara, sin más ambición que poder sentir su presencia, encontré otro papelito en el libro: “el domingo a las dos en mi casa” decían las letras hermosamente dibujadas, tanto como ella, quien me miró seria desde su escritorio. Sentí rabia, ¿como podía ser tan estúpido para dejarme sorprender por un brigadier, cuando fumaba escondido en el baño?; estaba castigado, me tendría que quedar ese fin de semana en la Escuela, no podría sentir la cercanía de Clara en el sofá de su sala, ni ver como se asomaban sus pechos redondos por el escote de su vestido; intenté imaginar una solución, una escapada a mi destino desafortunado, pero no existía forma de levantar el castigo y, muy a mi pesar, escribí en el mismo papel: “estoy castigado”.
La semana siguiente fui más puntual que nunca, hice la cama con tal prolijidad que hasta una pluma pudiera rebotar en ella, pulí mis zapatos y fumé escondido en el baño, con la vista alerta para no ser sorprendido. Continué ocupando mi hora libre diaria en la biblioteca, entre los libros y Clara, que se había convertido en una obsesión en mis pensamientos. El día miércoles de esa semana, de comportamiento ejemplar y extraño en mí, al terminar la hora libre devolví a Clara el libro de álgebra que había pedido y, junto con él, le entregué una nota: “hoy estoy de cumpleaños”; ella tomó el libro, lo puso sobre el mesón y guardó sin mirar el papel en su cartera. Al día siguiente, apenas puse un pie en la biblioteca, me llamó con una seña, me pasó unas revistas y me susurró al oído: – “el domingo a las tres” – Fue tan leve el sonido que brotó de sus labios que apenas lo escuché, pero el soplo de su aliento al chocar en mi cuello me dejó extasiado.
Al entrar en el departamento, Clara me esperaba con una copa de vino blanco en su delicada mano de uñas púrpuras. Se veía cristalina, brillante, destellando luminosa, se acercó a mí, me besó en la mejilla y me entregó la copa mientras, entre sonrisas, me decía coqueta – “feliz cumpleaños” – Quedé mudo, pero en ese momento las palabras estaban de más, me tomé el vino de un trago y, sin pensarlo dos veces, rodeé su cintura con mis brazos, Clara no pareció sorprendida y con desesperación buscó mis labios para besarlos, morderlos, chuparlos a la vez que metía sus manos por entre mi camisa para acariciar mi espalda. Ella me condujo lentamente hasta su dormitorio y nos tumbamos en su cama, yo no quería despegar mis labios de los suyos, pero fue necesario hacerlo para poder ver como se quitaba la ropa; primero la blusa, desabrochó calmadamente cada uno de sus botones mientras yo podía ver como se develaba el brassier de encaje blanco, el que luego se quitó en un movimiento. Nunca antes había visto a una mujer de verdad y esos pechos redondos y pecosos se me ofrecían cual manjar al que no me podía negar, primero los toqué con temor, después, la excitación que hacía presión contra el cierre eclair de mi pantalón, hizo abalanzarme sobre ella quien, con dificultad, me dijo: – “con calma, no te desesperes” – Me sentí atolondrado y me incorporé, ella continuó su rito quitándose la falda, los calzones; cuando la vi desnuda, nuevamente me quise tirar sobre ella, pero nuevamente me lo impidió: – “sácate la ropa” – ordenó y yo obedecí; quedé desnudo parado frente a la cama, mientras ella me examinaba con la mirada: – “eres un chico muy guapo” – me dijo, y comenzó a acariciar mi cuerpo, a besar mi espalda, a tocar mi miembro rígido a punto de estallar. Esa tarde de domingo, Clara me regaló de cumpleaños una tarde agotadora plena de enseñanzas en el arte del buen amar y yo le regalé a ella cinco descargas de placer, que hubiesen sido algunas más si, cuando vi la hora, el reloj no hubiera señalado un cuarto para las diez.
Pese a lo mucho que me esforcé en correr por las calles de Valparaíso, no conseguí llegar a tiempo a la hora de recogida a la Escuela; los domingos, el brigadier de turno nos esperaba atento cerca de la entrada, consultando su reloj pulsera a cada momento, para asegurarse que cumpliéramos con el horario de entrada. Crucé la reja de grandes barrotes a las diez con ocho minutos, no vi a nadie cerca y respiré tranquilo, pero cuando me disponía a dirigirme al dormitorio me detuvo una voz ronca: – “¿A dónde va, cadete?” – Me quedé inmóvil al reconocer la voz del brigadier – “a dormir, mi brigadier” – le contesté, mientras él se ponía frente a mí: – “usted llegó ocho minutos tarde” – me reprochó con tal severidad, que me sentí casi un criminal: – “perdón, mi brigadier” – le contesté atemorizado; se quedó en silencio un momento, mientras se paseaba a mi alrededor: – “en castigo a su falta quiero ahora cien flexiones de brazos, cincuenta vueltas a la cancha al trote, y dos horas en posición firmes con carabina en el patio. Estoy seguro que después de esta noche usted, cadete de la Armada de Chile, aprenderá a cumplir horarios” – la sentencia retumbó en mi cabeza.
Seis de la mañana, había dormido apenas un rato y la diana ya me indicaba que debía salir de la cama; esta vez con dificultad pasé por el pasillo de las regaderas, me vestí, hice mi cama a tropezones y me fui a la formación a esperar que pasaran revista. Apenas podía mantener los ojos abiertos y menos la posición firme, tenía que pensar en algo, me esperaba un día más duro que los anteriores; estaba tan cansado: la visita a Clara y el castigo por llegar tarde habían consumido todas mis fuerzas. Mientras el brigadier pasaba revista al cadete formado a mi derecha, como una iluminación divina, surgió la idea. Aunque el piso era de baldosas, en ese momento se transformó en mi salvación y, sin pensarlo dos veces, me lancé de frente a su encuentro.
En la enfermería me examinaron los médicos y me cuidaron los auxiliares mientras me reponía del revolcón con Clara del día anterior, la tortuosa noche y los cinco puntos que me tuvieron que poner en la frente para cerrar el tajo que me provocó la caída. Ahí, en la cama, lo único que lamentaba era no poder ir esa tarde a leer a la biblioteca.

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