8/31/2005

SI FALTA LA VIDA



Hoy escribiré un cuento
que aplaque tus heridas,
inventaré la extensión de tu vida
la que estas dejando,
la que te castiga sin motivo.
En mi cuento realizarás tus anhelos;
Serás madre, serás amiga
Serás mujer, la de siempre, llena de alegría
Serás tú Paulina.

En esta historia no existirán hospitales,
nos olvidáremos de la morfina,
del dolor y el miedo a no ver la luz del día.
Perecerás anciana
después de hacer todo lo que querías;
de conocer el amor y
disfrutar de muchas alegrías.
Te embriagarás con el cariño
de todos los que ahora temen tu partida.

Dime lo que quieres ser;
pues hoy mis dedos danzarán sobre el teclado
y construirán a partir de tu cuerpo maltratado
un ser inmortal dibujado con letras sedosas.
Y veras, le cobraremos revancha a la vida.


Anjélica Dossetti C.

FECHA DE VENCIMIENTO



Te miro, me miras
Sonrío, me entregas tu mejor carcajada
Te abrazo, sé que puede ser la última vez.
No lo entiendes y te aferras.
No sabes, pero sabes, lo presientes.

Te cojo de un brazo y caminamos,
hasta que las calles se extinguen.
Ni siquiera platicamos
Siento los pies adoloridos.
Seguimos caminando
Sé que puede ser la última vez.

Te hablo, me hablas
Te animo a seguir luchando
Tú ya no quieres
No solo te duelen los pies
También, te duele el alma.

¡Dios es injusto! Gritas al viento.
¡Mírame, estoy acabada!
Te tiras al suelo
y arrancas tus zapatos
Sangran tus pies
Los pensamientos te agobian
¡Nunca he hecho nada!
¡No dejo nada!
El viento te escucha
Susurra su respuesta y no te calma.

Y te digo;
Me dejas tu sonrisa diáfana,
la dulzura de tus palabras,
los caminos recorridos,
las noches de juerga
Me dejas tu espacio,
que nada lo llenará.
Me dejas la alegría
de recordar tus travesuras.
Se quedarán conmigo
todas tus enseñanzas,
el amor a la vida,
tu honestidad intachable,
el dar por dar
sin nunca esperar nada.

Yo lo sé
Tú no lo sabes, pero si lo sabes,
lo notas en mis ojos
y en los de tu padre,
y de tus hermanas.

¿Por qué yo?
Pensé que me recuperaba
¿Por qué yo, que aún no dejo nada?
Nunca he amado a un hombre
Nunca los labios de un hijo
se extasiaron mientras lo amamantaba
Dejé pasar el tiempo,
quería sentirme preparada.
Y ahora, la vida, me da la espalda.
Pensé que por ser joven
la existencia se me daba
Y ya ves, nunca hice nada.
Y el tiempo se me escapa
entre sábanas blancas.
Yo que tenía todo
Sé que sin vida no tengo nada.

Yo lo sé
Tú no lo sabes, pero si lo sabes.
Lo sientes cada mañana que despiertas cansada.

Y yo te digo enojada;
No te agites
No hables huevadas
Nadie sabe cuando parte
Ni la adivina más dotada
Vive la vida sin pensar cosas macabras
Ya deja de escoger féretros
Como si fuera tu atuendo
Para una fiesta de gala
Y entiende de una vez que ni tu ni yo
Tenemos la fecha de vencimiento marcada.


Anjélica Dossetti C.

8/30/2005

TÚ, YO Y MI AMANTE


Fue en la luz roja de Antonio Varas con Bilbao, justo ahí viendo pasar los autos que bajaban por la avenida y mientras la lluvia caía sobre el parabrisas, donde se me ocurrió, sí, a mí, la mujer de 30 con hijos y marido, la que estudió en colegio de monjas; sí, yo, la que no podía decir culo porque simplemente no me salía. Y sí, estaba pensando en lo conveniente que sería tener un amante. Después de todo a Jimena, mi amiga de juergas, la había rejuvenecido en unos diez años desde que Martín, su estilista, se le ofreció en bandeja esa tarde de enero en su salón.

- ¡¡Gansa es que no me lo vas a creer!! sonó su voz al otro lado del auricular.
- ¿Qué?- ¿Te acuerdas de Martín, ese flacuchento que nos peina de cuando en cuando?
- El maricón...
- No gansa, si no es maricón.- ¿Qué le pasó? - Nada, que se me ha tirado el muy fresco.
- ¿Qué?
- Que mientras me tenía toda entubada la cabeza para hacerme esos rizos que le encantan a Antonio, me ha dicho que me encuentra sexy y que se moría por darme un beso.
- ¿Y qué hiciste?
- Pues nada, solo besarlo.
- Jajajaja – sonaron mis carcajadas, como contenidas por años.
- No te rías de mí, mujer, si esto es serio.- Está bien ¿y qué pasó?
- Pues que no me ha cobrado y hemos quedado en encontrarnos mañana en el salón a eso de las siete de la tarde ¿tú que crees?
- Que creo yo, no sé, es cosa tuya.

Esa tarde me aburrí de llamar a Jimena al celular. Después me enteré de lo bueno que es el aceite de masajes capilares para lubricar las zonas más remotas del cuerpo, y lo práctica que puede resultar la camilla de depilación en momentos de calentura desesperada.

El punto es que mi amiga Jimena tiene treinta y cinco años y un marido aburrido que, cuando no trabaja, sale corriendo a ver a su madre: – Es que extraño tanto a la pobre vieja – dice a cada momento cuando Jimena le reclama; y no olvidemos el par de demonios que Dios le dio por hijos.

Dió la luz verde y yo aceleré mientras seguía recordando las historias de Jimena Aldunate.

“¿Te acuerdas Karen cuando me casé? Era todo tan lindo, todo tan blanco, y Antonio qué bien se veía en la iglesia con su frac negro y ese pañuelo ocre en el bolsillo superior. Pero después, Karen, uf, qué tortura. Es que la palabra orgasmo no existía en su vocabulario. Me abría de piernas, dos enchufadas, se daba vuelta , y suácate, se quedaba dormido mientras yo aún esperaba algún atisbo de placer. Esto no es vida; por eso me gustó tanto el revolcón con Martín, es que aunque tú creas que es maricón con todo y esos visos, ese tipo sí que es bien macho”.

Sí, debe ser así, y comencé a examinar mentalmente todo el listado de hombres que tenía anotado en mi agenda; pero no, unos muy serios, otros muy severos, ese con familia, el otro pollerudo.

“Karen, de verdad es que no sé cómo fue que tengo dos críos; es que en un acto tan tremendamente rápido no me explico como fue que los espermios alcanzaron a despertar y llegar a su destino en menos de un minuto”

En el paso peatonal de Antonio Varas al llegar a Providencia me detuve nuevamente para que una mujer, cuál pata con sus patitos, cruzara la calle. Al mirar hacia el auto contiguo lo ví, le sonreí y el me sonrió.

“Lo peor, Karen, fue el parto de Benjamín; es que, mujer, si me hubieras visto, entre grito y grito me acordaba que en esos cuatro años no tuve ni un solo orgasmo. Yo pienso que si te va a doler tanto parir a tus hijos, por último, que tengas en la memoria el momento en que sentiste placer con el padre de la criatura, ¿No crees lo mismo, Karen?”

Seguí mi marcha hasta el estacionamiento de la oficina. Por el espejo retrovisor podía divisar el Peugeot blanco del hombre que me sonrió.

“Con la Macarenita no fue distinto. Yo, Jimena Aldunate de Correa, estaba ahí con las patas abiertas mientras la matrona me hurgueteaba hasta las tripas; qué dolor mujer, pero qué dolor. Y de placer, nada, si hasta llegué a pensar que esto de ser madre era una tortura"

Me bajé del auto y le pasé las llaves al acomodador. Él hizo lo mismo, lo miré nerviosa, él me sonrió.

- Hola, Juanito – le dije al conserje, lo suficientemente fuerte como para que él lograra escuchar.
- Buenos días, señora Karen – respondió

“Mira Karen; un amante fue lo mejor que me pudo pasar, estoy contenta, hago locuras; uso vibradores, látigos, ropa interior de cuero y lo clandestino, uf, es que cómo te explico lo entretenido que es”.

Él subió al ascensor junto conmigo.

- Karen, qué lindo nombre – me dijo enseñando una dentadura perfecta.
- Gracias – contesté
- ¿y tú cómo te llamas?
- Pablo – nuevamente sus dientes...
- Bonito- ¿Trabajas aquí?
- Sí.

“Lo que yo opino, mujer, es que un amante es un amante. Un par de polvos a la semana, de esos que te dejan con la espalda adolorida por tres días y ya , vas a ver cómo te cambia la vida”.

A los dos días me encontré un ramo de rosas en la oficina, con una invitación a almorzar.

“Mira Karen; yo adoro a Antonio, tú sabes que él es un pan de Dios, que no sepa culear es otra cosa, y esto de Martín me ayuda a no presionar al pobre. Ya has visto todo lo que trabaja en la Corte, es que eso de ser juez no es sencillo”.

Ese miércoles nos juntamos a almorzar. Hablamos cosas sin sentido, nos reímos, bebimos vino y caminamos junto al río.

“Con Antonio, la familia, mujer; los críos, el colegio, el supermercado, las cenas con los amigos. Con Martín; la lujuria, la calentura pura, esa deportiva, querida amiga”.

Decidí que mi mejor prospecto sería Pablo; después de todo, Arturo no sabe que existe, no es de mi círculo y tiene veinticinco años; todo un hombre de hormonas revueltas. Esperaría el mejor momento y me dejaría llevar. En una de esas, puedo tener la suerte de Jimena, y se me da en bandeja.

“Lo de Martín no lo sabe nadie, solo tu Karen, y si Antonio se entera lo niego hasta la muerte”

Caminaba por Providencia, pensando en el trago que me tomaría con Pablo por la noche, cuando me detuve en un kiosco a leer los titulares de un diario amarillista:


“EN PIRULO MOTEL DE LA CAPITAL FUE ENCONTRADO MUERTO EL FAMOSO ESTILISTA MARTÍN FERRER”

Compré el diario y continué leyendo:
“En el exclusivo motel Gran Ducal fue encontrado muerto el conocido estilista Martín Ferrer debido a una desafortunada mezcla de alcohol y drogas. Hasta el cierre de la edición, se intentaba dar con el o la acompañante del malogrado hombre”

Me quedé con la boca abierta. Saqué el celular de la cartera, y llamé a Jimena.

- ¡Jime!- Sí.- Soy yo, Karen. ¿Qué pasó con Martín?
- No me digai na’, gansa, ese huevón......... se jaló tres líneas de coca y no sé qué más tomó.
- Ufff, y ¿qué pasó?
- ¿Qué? Que en mitad de la cacha cayó como plomo al suelo, y empezó a dar tiritones como perro envenenado.
- ¿Y tú, qué hiciste?
- Huevona, qué más, salir en pelotas por una ventana, saltar el muro, esconderme en los jardines y salir rajada mientras el portero del motel cagaba en el baño.
- Y ahora, ¿qué?
- Yo no sé, Karen, pero a mi no me pilla nadie, yo no maté al pelotudo, y lo único que quieren es saber qué fue lo que tomó.
- Y.........
- Bueno, yo estoy saliendo en este momento hacia la casa de Pucón.
- ¿Y Antonio?
- Tú sabes que, cuando me pongo idiota con los críos, me pierdo por un par de semanas...

Por la noche, en el bar, después de cuatro tequilas, ya entramos en calor. Yo aún tenía dudas por lo que le pasó a Jimena.

- ¿Dime Pablo?
- ¿Sí?
- ¿Le haces a la droga?
- Ni soñando.
- Entonces, vamos.


Anjélica Dossetti C.

DE CÓMO COMPORTARSE ENTRE EL CUERPO DE DISTINGUIDAS SEÑORAS DE OFICIALES EN RETIRO



Navego en las tumultuosas aguas de los treintaitantos; peleo con las hormonas y las arrugas incipientes que comienzan a posarse en torno a mis ojos - líneas de expresión - dice mi amiga Karen con la cara toda embetunada en palta, yo no sirvo para esas cosas, las cremas me cargan y las paltas son para comer, no para intentar detener el tiempo.

No me puedo quejar, desde que tomé la mejor decisión de mi vida, separarme, hago lo que quiero y cuando quiero, me siento libre. Vivo con mi hija, una niñita de ocho años en un departamento en Ñuñoa y mantengo un “matrimonio puertas afuera” ¿Qué es eso? Simple, tengo una relación de pareja estable con un hombre que adoro, pero el vive en su casa y yo en la mía, no es un noviazgo, es mucho más que eso, compartimos nuestras vidas con la mejor disposición mutua.

Mi hombre, un príncipe azul arrancado de un cuento de hadas, podría ser mi padre, tiene apenas tres años menos que mi mamá. Es poseedor de una excepcional inteligencia, una simpatía particularmente irónica y una vasta experiencia en la cama, que ya se la quisiera cualquier gigoló criollo. No se imaginen un viejito, como le paso a Karen ese día que le conté con la cara llena de risa sobre mi nueva conquista.

“¿Qué tiene cuánto? Noooo… ¿Pero tu estay loca mujer? Si a esa edad yo creo que ni se le para… o sea, tiene muchas lucas o te haces ver, amiga”

Es verdad, no le puedo pedir a la gente que entienda esta especie de amor incestuoso; siempre verán en él a un “viejo verde” y en mi a una arribista. Lo que las personas no se imaginan es el gusto que nos da caminar de la mano por la calle y toparnos con una pareja cualquiera, de esas que en conjunto suman más de ciento diez años, sentir el peso de sus miradas sobre nosotros y leer en sus ojos lo que están pensando:

El: uf, ídolo, como pedirle la receta… ¿Tendrá mucha plata? – claro, el hombre en cuestión mira para el lado y compara a esa mujer con la que despertó, que vió chascona, desarreglada y tiene unos cuantos kilos de más con esa otra fémina que, con suerte, supera los treinta años, flaca y sin arrugas que entrelaza su mano a la de su amante, un hombre que pasa la cincuentena.

Ella: Qué fresca la mujer… seguro es la amante que le saca plata… y claro, el pobre huevón hace el ridículo y cree que se ve muy bien con una jovencita… Pobre esposa metida en la casa mientras él se pasea con otra – piensa la atemorizada mujer rogando que su marido no esté haciendo lo mismo cuando no lo tiene cerca; pero, por las dudas, le da una mirada severa y un pellizco, para disipar cualquier idea extraña de la mente del individuo.

Pues bien, ya no me sorprenden las miradas de las personas en la calle, me acostumbré al cuchicheo que generamos cuando nos ven pasar. Pero, debo confesarles que me sentí especialmente nerviosa cuando mi hombre recibió una invitación de sus ex compañeros de curso de la promoción de 1965 de la escuela de oficiales de la Armada de Chile para asistir a una conmemoración del término de la carrera militar del curso con la próxima retirada del actual almirante Vergara.

Lo que pasó hace dos semanas ya es historia, pero bien vale la pena escribir unos cuantos recordatorios para tener en cuenta en un evento futuro.

Mujer que se prepara a tiempo, no corre a última hora:

Ese es un consejo sabio que en alguna oportunidad me dio mi madre y que nunca he tomado en cuenta.

Pasé toda la semana previa al encuentro hurgando mentalmente en mi armario con el propósito de encontrar algo decente que ponerme. La reunión era informal, pero vamos seamos sensatos y pensemos un poco más allá de lo que decía la invitación ¿Qué es informal para una mujer? Que no te pongas la estola de piel ni el vestido con lentejuelas y que tu maquillaje sea un pelito más discreto que para una fiesta, pero informal, lo que se entiende por informal, es decir el jeans desteñido y las zapatillas carreteadas, nunca; por lo tanto, estaba en serios problemas, más aún si pensamos que estaré en el centro de la mirada chismosa de las distinguidas señoras de los oficiales en retiro. Solución, correr a comprar ropa a última hora del día viernes antes de la reunión.

La importancia de la preparación mental:

Con esto me refiero a que es necesario contar con un par de horas de introspección y reforzamiento de la personalidad para soportar un régimen militar que no entiendo y del que me declaro completamente prejuiciosa. Por lo tanto, debemos exacerbar la tolerancia, especialmente a las señoras, aquellas, las cadeteras en sus años mozos.

Lo cierto es que no fue tarea fácil. A mis oídos habían llegado rumores de lo segregadoras que podían ser si tenías la mala fortuna de no caerles en gracia y, la verdad es que tenía más cosas en contra que a favor; mujer número seis del ex oficial (ya a la segunda le hacen la guerra, ni pensar en cómo se comportarían con la sexta) y peor, más despreciable aún, joven.

Viajero que sale temprano no choca en el camino:

Si tomamos en cuenta la emoción del oficial en retiro de sólo pensar en ver a sus compañeros de hace cuarenta años y le sumamos la neurosis creciente de su acompañante, es posible que los poco más de 100 kilómetros que separan a Santiago de Valparaíso se hagan eternos entre cafés, bebidas, cigarrillos y baños. Por lo tanto, es mejor salir de casa tres horas antes de la reunión.

El temido encuentro:

Tengo que reconocer que siempre mentí cuando dije que estaba tranquila, la verdad es que esa famosa reunión me tenía nerviosa desde hacía semanas. Pude negarme a ir, después de todo no sería la primera vez que enfermo a mi hija o a mi madre para zafarme de los compromisos no deseados, pero sentía una curiosidad extraña hacia ese mundo auto negado desde mi adolescencia.

El temido grupo de señoras estaba en el patio central de la antigua escuela de oficiales que se desplaza en la cumbre del cerro Artillería en Valparaíso. Las divisé con horror al cruzar la gran puerta de roble que da paso a un primer salón de la casona colonial. Se veían todas tan alegres, tan arregladas, tan rubias, tan seguras y tan iguales. ¿Yo?, yo tiritaba de susto, me sentía totalmente fuera de lugar, pero siempre altiva me aferré al brazo de mi hombre y caminé segura a su encuentro. A estas alturas, ya no eran las señoras de los oficiales en retiro, se convirtieron en monstruos, temibles bestias hambrientas que querían devorarme y yo apenas era un pollito caído en desdicha.

Al encuentro de las bestias:

Todos me miraron detenidamente. Los hombres se acercaron y saludaron coquetos, mientras sus mujeres, protegidas en sus infranqueables grupúsculos, comentaban quien sabe que cosas entre ellas sin despegarme la vista.

Durante todo el tiempo que permanecimos en el patio viendo una parodia de formación hecha por nuestros oficiales en retiro, que ya no eran ni la sombra de lo que fueron, todos ellos con guata, canas y el peso de los años en sus hombros, me sentí observada. Pero lo peor llegó después de la foto oficial, cuando una de las mujeres se me acercó para preguntar decidida:

- ¿Y tú, con quién viniste?
- Con Eduardo Guzmán – contesté temerosa.
- ¿A qué viniste? – su mirada escrutadora me descomponía.
- Sólo lo acompaño – me odié por sentirme una intrusa.
- ¿Pero por qué lo acompañas tú, quién eres?
- Soy Helena, su mujer – respondí.

Sintiendo la victoria, la mejor recompensa:

La señora me miró con terror, no dijo nada, sólo caminó raudamente a refugiarse entre los murmullos de sus amigas. Yo la miraba a la distancia, ahora tranquila, intocable.

En ese momento comprendí que yo representaba una amenaza mayor para esas mujeres corrientes, todas iguales, que se esforzaban por seguir un modelo de esposa ideal sin más ventajas que la autoridad auto adquirida y la vigilancia permanente hacia sus maridos.

Ellas me tenían mucho más miedo del que yo le tenía a esos seudos monstruos; pues para ellas, era el deseo oculto de sus hombres, una mujer joven, sin ataduras, desinhibida, el demonio personificado.

Para mí, ellas eran señoras maduras, casi de la tercera edad que luchaban con uñas y dientes para mantener a su lado a sus maridos, todos ellos unos despojos de lo que fueron hace cuarenta años, cuando se graduó el curso de aspirantes del sesenta y cinco.


Anjélica Dossetti C.

PERDON


- Sin pecado concebida – dije titubeando, hacía tanto tiempo que no pisaba una iglesia que ya ni siquiera recordaba los ritos – perdóneme padre, porque he pecado – me dolía todo el cuerpo por la posición de rodillas en el confesionario.

- Cuéntame, hijo mío, ¿qué te trae hasta este templo del Señor? – apenas podía ver por entre la rejilla las manos del cura entrelazadas apoyando la cabeza.

- Padre, hacía dos semanas que sentía la necesidad de hablar con alguien, de escupir todo lo que me pasaba. En ocasiones miraba la cara de Juan, mi compañero de cuarto en el hogar universitario desde que llegué a estudiar a Valdivia hace cuatro años. Somos amigos, casi como hermanos, nos cuidamos cuando nos enfermamos, compartimos los libros y la comida que robamos del casino en algún descuido de la cocinera. Pero no era buena idea hablar con él.

A veces me desvelaba pensando en quién me podría escuchar sin juzgarme, pero sólo Juan era mi amigo, para el resto de mis compañeros no existía, yo era invisible; incluso una vez en que me encontraba leyendo en la biblioteca, dos estudiantes de obstetricia se sentaron en la misma mesa que yo, sacaron de sus bolsos unos libros, se daban unas miraditas juguetonas y reían descuidadas. Yo no podía escuchar lo que decían, su voz era tan baja, o la grasa se me estaba acumulando también en los oídos; de pronto, una de ellas se levantó de su silla y miró para todos lados, como tratando de asegurarse de estar solas en la sala; se desabrochó los pantalones y se los bajó, su amiga la quedó mirando, después se acerco un poco más y con una de las manos tomó su vello púbico mientras asentía con la cabeza. La muchacha, parada con las ropas abajo, seguía mirando para todos lados hasta que su amiga se alejó, se subió los pantalones y se sentó nuevamente, sólo escuché la voz alarmada de la estudiante que hacía un rato me había enseñado el trasero - ¡Ladillas!

- Perdón, padre, si lo ofendí con esta historia, por lo de la ropa abajo y todo eso, pero se da cuenta, yo estaba sentado al lado de ellas y ni siquiera me vieron, ellas creyeron que estaban solas.

- ¿Eso te atormenta, hijo mío?

- ¿Qué cosa, padre?

- Ver el cuerpo desnudo de una mujer.

- No, como me va a atormentar, si se lo digo para que se de cuenta por qué estoy aquí, es que no tengo a quien contarle.

La verdad es que yo toda la vida he sido grande, talla XXXL, y cuando era un niño pensaba que el tema no me importaba, porque siempre que alguien me rechazaba, podía encontrar un sanguche o un chocolate que me hiciera compañía en la angustia.

Después, cuando me empezaron a gustar las niñas, acostumbraba sentarme en algún rincón en donde mi humanidad cupiera para observarlas desde lejos. Me agradaba imaginarlas sin ropa, todas ellas mirándome, como invitándome a jugar. En las noches me quedaba dormido pensando en las niñas. Yo era corriente, padre, como cualquier chico de catorce años, sólo que un poco más gordo.

- Disculpa que te interrumpa, hijo mío, pero aun no entiendo tu pecado.

- Lo que sucede, padre, es que pasé tantos años torturándome con dietas inhumanas para poder agradarle a las mujeres, yo quería sentir un beso de ellas, sentir sus manos en mi cuerpo, sentir su aliento, quería tocarlas, usted me entiende, eso, es que yo soy virgen, padre, de todos lados, si ni siquiera he besado a una mujer y todo por ser gordo, sí, obeso; en un tiempo me hablaban, pero de lejos, creo que les molestaba mi sudor descontrolado, o mis manos rollizas. Después, simplemente me hice transparente y ya no me vieron más. Entonces, yo tampoco las quise ver y las comencé a ignorar. Ya nunca más me quedé mirándolas en silencio.

- Eso no es un pecado, hijo mío, el Señor ve el celibato con agrado.

- No se trata de eso, padre. Al comenzar este año, después de las vacaciones yo llegué a la universidad igual que todos los años, sin mayor expectativa que sacar los ramos sin problemas, pero Juan, mi compañero de cuarto, del que le hablé hace un rato, llegó distinto, se lo pasó todo el verano en el gimnasio; ahora se ve como un hombre de verdad, lleno de músculos. En un comienzo lo odié, me daba envidia verlo toda la noche contestando su teléfono móvil, con esa voz coqueta. Después lo espiaba, me tapaba la cabeza con las sábanas y me hacía el dormido cuando el se desvestía, admiraba su cuerpo tan masculino, las líneas de sus músculos dibujándolo entero.

Yo pensaba que todo era placer de ver un cuerpo perfecto, uno como el que yo quería tener para poder montarme a cuanta mujer se me cruzara – perdóneme padre – pero no era eso, me di cuenta cuando Juan comenzó a salir con Pilar y en ocasiones no llegaba a dormir; yo lo esperaba toda la noche, revolcándome en mi cama, enfurecido los imaginaba toqueteándose, usted me entiende, padre, no le digo como los imaginaba para no ofenderlo.

- Eso no esta bien, hijo mío, no es bueno que desees a la mujer de tu amigo.

- Padre, yo no deseo a la mujer de mi amigo, si de mi dependiera, que se pudra. Como se lo explico; estaba tan empeñado en ser un hombre normal, porque esto de tener unos cuantos kilos de más a uno lo hacen distinto, siempre cansado, con la respiración agitada, vistiendo los mismos trapos viejos de siempre porque no se encuentra ropa extra grande. Cuando en el curso salta una broma siempre es para el guatón, padre, a momentos hasta olvido mi nombre, estoy tan acostumbrado a ser el guatón, el chancho o el gordo que ni los profesores saben como me llamo, solo soy “el guatón Aguirre”; hasta Juan que es mi amigo me molesta por mis kilos y yo sólo puedo mirarlo y reírme, pero no es una risa sincera, a estas alturas es un reflejo, una respuesta natural a sus burlas.

Como le decía, dejé de mirar a las mujeres y me empeñé en observar los cuerpos de mis compañeros, unos más otros menos; eran hermosos, delgados, ágiles estructuras en movimiento que contrastaban con esta bola ávida de comida, siempre estacionada en algún rincón. En la televisión sintonizaba esos programas ridículos de jóvenes bailando con caras sexy, pero padre, yo no miraba los cuerpos semidesnudos de las niñas contorneándose libidinosas, sólo entraban por mi retina los muchachos de torso descubierto, con sus grandes y brillantes músculos.

- Hijo mío, aún no consigo entender.

- De tanto ver esos programas y espiar a Juan por las noches, me di cuenta con terror que no quería ser como ellos.

- ¿Finalmente te aceptaste como eres? Eso es bueno.

- No padre, yo quería tocarlos, sentir esos cuerpos duros entre mis manos, el verlos me excitaba; ver a Juan caminar desnudo por el cuarto me provocaba un deseo incontrolable de sentir sus labios pegados a los míos. Perdone que este llorando padre, lo que pasa es que ahora me doy cuenta que soy más desgraciado que hace un año atrás, me enamoré de Juan; de tanto querer ser como él, de tanto mirarlo terminé por enamorarme.

- Hijo mío, estás se…

- No siga, padre, yo no quiero penitencia ni consejo, sólo quería contárselo a alguien.


Anjèlica Dossetti C.