9/11/2005

ADÚLTEROS


Siempre he sabido que esto de andar metida entre las patas de los caballos no es nada saludable, pero el gustito que tiene la doble vida me emboba, y termino metida en uno que otro lío, que claramente se pudo haber evitado.

Digamos que mi inexperiencia me llevó a pisar el altar cuando apenas tenía veinte años; que por querer jugar a ser grande, le insistí tanto al pololo de turno, que terminé vestida de blanco. Por supuesto, cuando desperté al día siguiente en una habitación del Sheraton, me di cuenta en parte de lo que había hecho. Ahora era señora, con casa, con marido y todo lo que implica ese cambio de vida, pero por fortuna, también tenia muchos compañeros en la universidad dispuestos a tener una aventura con una mujer casada; es que lo prohibido tiene su encanto, las relaciones se tornan intensas dentro de lo volátil que puedan ser.

Me pasé siete años de cama en cama, de motel en motel, con todo tipo de amantes. Si lo pienso, no creo que mi marido hiciera algo distinto, después de todo “ojos que no ven, corazón que no siente” dice un muy sabio refrán.

Mis amantes clandestinos nunca tuvieron importancia, de los que ni siquiera recuerdo los nombres. En ocasiones hago esfuerzos por traer a mi memoria desgastada por tantos besos fugaces y caricias mezquinas, las cualidades amatorias de esos amantes pasajeros, pero éstas se han diluido con el paso de otras manos expertas.

Fue en las instalaciones de una empresa familiar donde lo conocí; yo, jefa de personal; él, director. Nuestras miradas se cruzaban esquivas en los pasillos, en el ascensor, en el casino, hasta que la calentura fue mayor que la prudencia y nos batimos en una lucha pasional en el espacio que quedaba entre la impresora y el fax de su oficina.

Esta aventura siempre fue muy clara: yo necesitaba la seguridad de mi familia y aquel sabor a engaño en mi piel. Él, un señor irresistible, gustaba de jugar al conquistador cuando los ojos de su mujer, gerente general de la empresa, no lo vigilaban.

Todo hubiera salido bien, si es que los enredos de cama se pudieran mantener al margen de los sentimientos, pero después de cuatro años de encuentros furtivos en cualquier lugar de la empresa, que bien podía ser un baño, una bodega o simplemente la oficina de mi amante, avivó cualquier incipiente y confuso sentimiento.

A nosotros nos gustaba sentir el peligro, revolcándonos en la oficina contigua a la de la mujer de mi amante; los besos, las caricias, el sexo, adquirían un sabor distinto cuando por, entre los gemidos, escuchábamos sus pasos y nos teníamos que vestir raudos.

Nosotros, amantes desesperados, vivíamos al borde de ser sorprendidos, ya no nos importaban los empleados, ni mi marido, ni su mujer y seguíamos arriesgando nuestro pellejo a cada momento: nunca antes me había gustado tanto ir a trabajar. Para poder desatar por completo las calenturas reprimidas, arrendamos un departamento en el centro de la ciudad, bulín le llamamos, el cual se convirtió en un antro donde pudimos liberar todas las fantasías sexuales reprimidas durante todo ese tiempo.

La mujer de mi amante, que yo la conocía bien por ser mi jefa directa, en varias ocasiones se sentó frente a mí con la cara angustiada para contarme –“sé que anda con otra”- Siempre traté de aplacar sus dudas o, por lo menos, cambiar el tema para sentirme menos incomoda. Ella dudaba de su marido y, a menudo, yo la sorprendía hurgando sigilosa entre los papeles y correos electrónicos de mi amante, pero él no era un infiel novato o descuidado y nunca pudo encontrar siquiera una boleta que lo delatara.

Está claro que la suerte no siempre puede estar a favor de los desesperados; yo, mujer moderna y despreocupada, acababa de despedir a mi amante, y aún descansaba desnuda entre las sábanas de la cama asentada en el bulín del centro cuando, de pronto, escuché el timbre: fui apurada al encuentro de mi amor, que seguramente había olvidado algo y, sin mirar por el ojo mágico de la puerta, la abrí sin pensar.

Ante mí, la mujer del desdichado quien, de un empujón, me sacó de su camino.
- ¡Así que tu eres la puta barata que se está acostando con este huevón! – me gritó con la cara roja de ira – ¡Di algo, puta de mierda! – insistió la mujer, mientras me daba de manotazos - ¡Pensaste que era tan tonta que no me daba cuenta, puta! – continuó su eterno rosario de insultos a la vez que escarbaba entre nuestras fotos esparcidas por todo el departamento. Permanecí inmóvil, congelada por la sorpresa y el miedo, las piernas me tiritaban y, a pesar de ser una tarde calurosa, sentía frío; era incapaz de articular alguna palabra, sólo aferraba con fuerza la sábana que cubría mi cuerpo desnudo, mientras veía con terror como ella botaba sillas, arrancaba de cuajo el teléfono y rompía todo lo que pudiera tener al alcance de la mano – ¡Puta de mierda ¿dónde se escondió ese maricón poco hombre que no da la cara?! – Los gritos, como voceo en una feria libre hacían eco en las murallas que, poco a poco, iban quedando descubiertas víctimas de la furia de la mujer, empeñada en encontrar a su marido incluso detrás de los cuadros – ¡De ésto se va a enterar tu marido, puta mal nacida! – amenazó, y fue en ese momento en que reparé en el bolso que llevaba colgado del hombro: imaginé una pistola en su interior y, sin pensarlo dos veces, me acerqué cuidadosamente a la puerta de salida, la abrí nerviosa y salí corriendo lastimera, con la sábana a la rastra por los pasillos hasta llegar al ascensor. Apreté varias veces con fuerza el botón, pero éste no llegaba y yo tampoco tenía tiempo para esperarlo, la mujer ya se había percatado de mi escape y salió tras de mí corriendo, mientras gritaba a todo pulmón – “¡No he terminado contigo, puta, no te arranques, cobarde de mierda!” – Lo único que me quedaba eran las escaleras, y bajé por ella tan rápido como mis piernas lo pudieron soportar.

Ya refugiada en la administración del edificio, con la sábana todavía enrollada en mi cuerpo, llamé desesperada a la policía para que sacaran a la loca del departamento.

- ¿Me dice usted que hay una mujer en su casa? – me costó hacer entender al funcionario la situación por la que estaba pasando.
- Es que es una loca, señor, está gritando y rompiendo todo – le lancé de sopetón un rosario de palabras mal articuladas.
- Entonces, es una invasión de morada – ¿Por qué será que los policías todo lo dicen en un lenguaje mas difícil de entender?
- Que no es mi morada, señor, pero que sí la invadió.
- ¿Y de quién es el departamento? – me preguntó sarcástico.
- Qué importa de quién es el departamento, ¿no me escuchó que hay una mujer rompiéndolo todo y que entró a empujones? – le dije enojada.
- Ah, entiendo,… uno de esos casos. Espere tranquila, señora, que inmediatamente mandamos a una unidad.

Y me quedé esperando nerviosa y pacientemente, envuelta en la sábana, sentada en la escalinata a la entrada de la administración, hasta que vi salir a la mujer, acompañada de cuatro policías que la asían fuertemente mientras ella continuaba gritando y pataleando - “¡Suéltenme, desclasados de mierda, que no soy una delincuente, es a la puta de la amante de mi marido a la que se tienen que llevar!” – Me miró y sentí su mirada quemándome, mientras los gritos ahora los dirigía a mi: - “¡A tí te tienen que llevar los pacos, delincuente de mierda, roba maridos!” - Yo la miré fijamente mientras la subían a la patrulla, me afirmé la sábana, caminé hasta el ascensor y subí. Me duché calmada, me maquillé y vestí con dedicación; después tome mi teléfono móvil y llamé a mi amante – “Amor, creo que es mejor que no vuelvas a tu casa” – y colgué sin esperar respuesta.

Mi teléfono siguió sonando toda la tarde, cada vez en el visor parpadeaba el nombre del marido de la mujer engañada. No contesté, sólo le hice llegar al día siguiente dos sobres: uno contenía mi carta de renuncia, el otro una hoja que simplemente escribí: “Adiós, y gracias por los servicios prestados”


Anjélica Dossetti C.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

muy, muy bueno.....me dieron ganas de arrancar.......

Anónimo dijo...

esa es la Lylian

Anónimo dijo...

Pero qué bien escribes, chiquilla.
Me has dejado muy gratamente sorprendida.
Te enlazo.
Un besote.

Anónimo dijo...

Es la tipica historia una mujer "care-raja". de esas que juran amor a un hombre cambio de dinero para el pago de sus cuentas personales. De esas, hay muchas por la vida, a las que no les importa nada mas que su beneficio personal....Es un hecho que el (o los) amante (s) de turno correra (n) el mismo riesgo de ser la victima de sus encantos...
Sólo queda ponerle nombre al personaje...Llamala "Puta cara"..

La agilidad de tu pluma tiene la gracia que no te pierdes detalle y parece estar ahi como observardor privilegiado.

Te felicito muy buen relato

USA-BOLIVIA dijo...

fascinante!!! estare al pendiente de los otros cuantos que indudablemente seran tambien grandiosos!!
un abrazo